Al principio, estaba segura de que algo me estaba saliendo. Unas finas y oscuras espinas que me atravesaban la piel como en una escena de terror. Me quedé paralizada, mirando fijamente, imaginando insectos, parásitos, criaturas diminutas que se enterraban bajo la superficie. Mi mente se desbocó. Cada segundo lo hacía parecer peor, más extraño, más irreal. Repasé cada paso de aquel día, cada roce con las ramas, cada picadura que ignoré.
Resultó que mis peores temores eran completamente infundados. Después de limpiar la zona y examinarla con cuidado bajo mejor luz, me di cuenta de que esas “espinas” no se movían en absoluto. Eran rígidas, quebradizas y ligeramente brillantes. Un poco de investigación y una mirada más atenta lo confirmaron: eran solo espinas de plantas, probablemente desprendidas de algún arbusto o hierba que había atravesado durante la caminata.
Una vez que comprendí a qué me enfrentaba, el pánico se desvaneció y la practicidad se impuso. Con cuidado, extraje las pequeñas espinas con pinzas, desinfecté la piel y observé cómo el enrojecimiento disminuía lentamente al día siguiente. Lo que había sentido como una pesadilla bajo mi piel era, en realidad, la naturaleza actuando con astucia y picardía.
A veces, las historias más aterradoras que nos contamos son mucho peores que la realidad.
