Dentro de la reluciente mansión, las arañas de cristal proyectaban destellos de luz sobre el salón de baile mientras los invitados conversaban, ajenos a la tensión silenciosa. Vanessa se deslizaba entre la multitud, su sonrisa impecable ocultando la crueldad que había mostrado en la entrada.
Richard, ahora con un elegante traje, observaba desde un rincón, atormentado por lo que había presenciado. Ethan permanecía cerca, su decepción era palpable y el entendimiento entre ambos pesaba en el aire.
Cuando un camarero nervioso derramó vino sobre el vestido de Vanessa, ella sonrió y lo perdonó en público, pero Richard captó el destello de ira en sus ojos: prueba del contraste entre su gracia pública y su desprecio privado. Más tarde, en la silenciosa biblioteca, Richard la enfrentó. “El portero era yo”, dijo.
La máscara de Vanessa se quebró y la sorpresa la invadió. Con la voz rota, Richard añadió: “Quería creer en ti”. Mientras se alejaba, el mundo de Vanessa tembló, consciente de que ninguna disculpa borraría la verdad revelada.

