Durante años viví entre la confusión y el dolor tras la repentina desaparición de Lisa, que dejó un vacío imposible de llenar. A pesar de la investigación policial, no aparecieron pistas reales: su teléfono quedó en silencio, sus cuentas bancarias intactas y ningún rastro de ella. Las autoridades dijeron que probablemente había desaparecido para siempre. En lugar de darme cierre, esas palabras aumentaron mi dolor. Amigos y familiares me instaron a seguir adelante, pero algo en mí se resistía.
La vida, sin embargo, exigía mi presencia. Me convertí en padre y madre para nuestro hijo Noah, entonces apenas un niño. Noches sin dormir, madrugones y largas jornadas de trabajo se volvieron rutina. Aun así, lo protegí de la tristeza, decidido a que se sintiera seguro, amado y apoyado.
Con los años, mi atención se centró en su futuro. Hoy, con quince años, Noah es alto, inteligente y amable. Criarlo en soledad me dio propósito cuando todo parecía incierto.

