En una base militar donde solo servían hombres, la llegada de una joven generó desprecio. Los soldados susurraban insultos, burlándose de su fuerza y capacidad. Cada día era un reto, soportando bromas crueles durante los entrenamientos y comentarios sarcásticos sobre su presencia.
Un día, en el vestuario, sus compañeros notaron profundas cicatrices en su espalda. Las risas estallaron de inmediato. La joven se sentó en silencio, con lágrimas en los ojos, pero ni su dolor los detuvo. Entonces entró el general y la vio humillada.
“¿Se dan cuenta de a quién se están riendo?” exigió. Reveló la verdad: ella era una de las mejores exploradoras del país. Sus cicatrices provenían de una misión de combate donde su unidad fue emboscada. Llevó a sus compañeros heridos a salvo a pesar de sus graves heridas y nunca retrocedió.

El silencio llenó la sala. Los soldados, avergonzados, se disculparon. Desde ese día, nadie volvió a burlarse de ella; se convirtió en símbolo de coraje, fuerza y dedicación.

