Lo que comenzó como un tranquilo picnic de la iglesia se convirtió en la peor pesadilla de cualquier madre. Mi hija de siete años, Emma, desapareció cerca del lago. Un grito rompió el aire: “¡Una niña está en el agua!” Me lancé sin pensar, los pulmones ardiendo, hasta ver a un hombre de barba gris arrodillado sobre su pequeño cuerpo. Sus manos firmes presionaban su pecho una y otra vez… hasta que, milagrosamente, ella tosió y lloró. Antes de poder agradecerle, el hombre subió a su Harley y desapareció.
Meses después lo encontré: Thomas Reeves, exmarine. Nos reunimos en una cafetería, donde Emma le entregó un dibujo que decía “Gracias”. Con la voz quebrada, él confesó que su hija, Sarah, había muerto ahogada en ese mismo lago veinte años antes. Salvar a Emma le dio una nueva oportunidad para sanar.
Thomas se mudó a nuestro pueblo, se volvió parte de nuestras vidas. Él dice que no es un héroe. Yo sé que sí lo es.

