Ella buscaba fuerza, vitalidad y transformación, pero su ideal de “salud” tomó un rumbo oscuro. A los 27 años, influenciada por las redes sociales y consejos de influencers, cambió la comodidad por el control y comenzó a medir cada bocado. Lo que empezó como una búsqueda de bienestar rápidamente se volvió un espiral: la ligereza inicial dio paso a temblores, fatiga y un brillo apagado.
Cuando se dio cuenta de que algo iba mal, su cuerpo estaba frágil, sus ojos hundidos y su corazón débil. Los médicos lucharon por revertir los daños de meses de privación, pero el costo había sido devastador.
Su muerte no es solo una tragedia personal, sino un reflejo de una cultura que confunde los extremos con el cuidado. La salud no debería costar la vida. El verdadero bienestar se basa en el equilibrio, no en el castigo. Su historia es un recordatorio claro: perseguir la salud nunca debe hacerse a expensas de la vida misma.

