La joven se sentó nerviosa en la silla de la barbería mientras mechones de su cabello caían al suelo, cada uno recordándole la pérdida que llevaba meses enfrentando en silencio. Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras sonaban las máquinas, y su mente volvía al pánico que sentía al ver más cabello en la almohada cada mañana. El mundo seguía su ritmo, pero ella se sentía atrapada en su propia tristeza.
Entonces, Jake, un barbero de hombros anchos y rostro amable, se acercó a ella. Sin decir una palabra, se quitó la gorra, encendió una máquina y comenzó a afeitarse la cabeza. La barbería quedó en silencio. Uno a uno, los demás barberos lo imitaron, creando un coro de apoyo.
Ella miró el cabello en el suelo —el suyo mezclado con el de ellos— y sintió un cambio profundo. No estaba sola. Ese acto silencioso de solidaridad alivió su carga, sustituyendo el miedo por conexión.
Por primera vez en meses, se sintió vista, acompañada y más fuerte.

