Tocar a una mujer por primera vez siempre es memorable, pero cuando se trata de una mujer con décadas de experiencia, el momento se convierte en algo más que solo físico.
Para Harold, fue como liberar una parte de sí mismo que ni siquiera sabía que seguía viva.
Tenía sesenta y ocho años. Se llamaba Beatrice, pero él la llamaba Bea. Su cortejo había sido a la antigua: cartas, llamadas, paseos lentos. Y esa noche, cuando finalmente dejaron que sus cuerpos hablaran, él la atrajo, nervioso, con reverencia. Sus dedos temblaban. Pero lo que encontró no fue lo que esperaba. No era solo suave. No era solo cálido. Era receptivo. Cada centímetro de ella tenía memoria. Memoria muscular, memoria emocional. Su cuerpo no se inmutó, le dio la bienvenida.
Era más texturizado, más significativo, más vivo que los descuidados toqueteos de su juventud.
Ella jadeó suavemente y luego sonrió. “Eres dulce”, susurró. “No muchos hombres lo son”.
Entonces se dio cuenta de que no se trataba de habilidad, edad ni rendimiento. Se trataba de presencia. Conexión. Ese primer toque fue más que un juego previo. Fue una conversación. Una reafirmación. Un intercambio sagrado.
Y en ese momento, tocarla significó algo. Significó que lo veían. Que confiaban en él. Que lo deseaban.
El cuerpo maduro no esconde, revela. Y lo que revela… es más de lo que la mayoría de los hombres están preparados.

