¡Detengan todo y lean con atención! México vivió un “fin de semana maldito” que dejó al país sumido en una tristeza colectiva imposible de ignorar. En redes sociales se acumuló un collage de horror: tragedias, desigualdad, dolor y escenas que parecen sacadas de una pesadilla.
La imagen que más sacudió fue la de Alejandra Guzmán rompiendo en llanto ante las cámaras. No fue espectáculo: fue el reflejo de un país cansado. Su dolor personal se mezcló con la impotencia de ver a México desmoronarse entre accidentes, violencia y abandono.
Mientras tanto, un autobús quedó reducido a fierros retorcidos en una carretera mortal, dejando muertos, familias rotas y abuelos llorando a sus seres queridos. A la par, circularon imágenes perturbadoras: niños obligados a trabajar, abusos infantiles, excesos grotescos y fenómenos tan extraños como alarmantes.
El contraste fue brutal: vanidad frente a hambre, lujo frente a miseria, indiferencia frente a sufrimiento real. Este fin de semana no solo mostró tragedias aisladas, sino el retrato de una nación herida.
La “tristeza nacional” ya no es un titular. Es una realidad que nos golpea a todos.

