La risa se apagó con un grito. En cuestión de segundos, una fiesta infantil en Stockton pasó de pastel y velas a sirenas y disparos. Cuatro personas perdieron la vida. Diez más quedaron gravemente heridas. Padres se lanzaron sobre sus hijos mientras las balas atravesaban mesas de plástico y globos de colores. Hoy, la ciudad llora, exige respuestas y se pregunta cómo una celebración terminó en tragedia.
Lo ocurrido en ese patio trasero marcará a la comunidad durante años. Familias que llegaron con regalos salieron temblando, aferradas a sus hijos, manchadas de sangre. Vecinos que antes escuchaban música ahora se estremecen con cualquier ruido fuerte. Las imágenes persisten: sillas volcadas, juguetes abandonados, un pastel a medio cortar que nadie volverá a probar.
Pero incluso en el horror surgió humanidad. Extraños ayudaron a los heridos, iglesias abrieron sus puertas, maestros y consejeros ofrecieron apoyo. Las preguntas sobre armas y seguridad no desaparecerán. Aun así, el futuro de Stockton se construirá en actos silenciosos de cuidado, memoria y compromiso para que un cumpleaños nunca vuelva a terminar en fuego y miedo.

