Durante años juraron que este sería el golpe final contra Trump. El nombre de Epstein fue su espada, su escudo y su supuesta superioridad moral. Pero los archivos no permanecieron enterrados como esperaban. Ahora, listas de donantes, registros ocultos y mensajes están sacando a la luz a los suyos. Lo que empezó como un escándalo utilizado como arma se está transformando en algo mucho más incómodo.
Lo que parecía un relato partidista limpio se disuelve en una realidad más turbia: un ecosistema compartido de acceso y de impunidad. El foco ya no está en un solo hombre, sino en un sistema que toleró la cercanía con Epstein mientras fuera útil o invisible. El supuesto contacto posterior a su condena, atribuido a figuras como Hakeem Jeffries, no solo plantea dudas de criterio; socava años de imagen moral cuidadosamente construida.
Cada filtración, cada registro de vuelos o vínculo financiero que reaparece, debilita la idea de que un solo partido estuvo libre de la corrupción. Para muchos votantes desencantados, el verdadero impacto no es que el poder se buscara en rincones oscuros, sino que tantos fingieran no haber estado allí. El daño ya no es mediático: es la pérdida de fe en instituciones que predicaron virtud mientras confiaban en que sus secretos nunca saldrían a la luz.

