Entraron en una pesadilla. Cuando los policías en Chicago abrieron la puerta, se quedaron paralizados: un “mar de sangre”, seis cuerpos en el suelo, dos de ellos niños. Sin advertencia, sin motivo claro, sin piedad. Un padre mexicano, ahora el único sobreviviente de su propio hogar, quedó con nada más que preguntas, culpa y un dolor imposible de describir.
Los vecinos aún recuerdan las sirenas que no dejaban de sonar, las luces azules y rojas iluminando la tranquila calle. Dentro, los investigadores encontraron una familia borrada en un solo acto brutal, una casa convertida en escena del crimen sin explicación. El padre había salido esa mañana creyendo que sería un día normal, pero regresó a un mundo que ya no existía.
En las semanas siguientes, los funerales reemplazaron las cenas familiares y las entrevistas con detectives sustituyeron los cuentos antes de dormir. Él repasa cada conversación y cada silencio, preguntándose si ignoró alguna señal. La policía siguió pistas y revisó relaciones, pero el motivo sigue siendo un vacío oscuro. Para él, la justicia ya no basta: vive con el peso de haber sobrevivido a su propia vida perdida.

