Recientemente, nuestra hija nos sorprendió al decir que no solo debíamos pagar su boda, sino también comprarle un apartamento a ella y a su prometido. Siempre la apoyamos, pero su exigencia nos dejó desconcertados. Incluso sugirió que vendiéramos nuestra casa para hacerlo. Sus palabras dolieron profundamente.
Nos casamos jóvenes y durante años trabajamos duro para construir nuestro hogar. Kristina nació cuando ya teníamos casi 40 años, y siempre intentamos darle todo: educación, oportunidades y apoyo. Ahora, cerca de terminar la universidad, quería casarse y esperaba que resolviéramos su futuro económico.
Decidimos decirle que no. Le explicamos que, si deseaba una boda y un hogar, debía esforzarse y ganar su propio dinero. Se marchó molesta y pasaron meses sin noticias.
Un día regresó. Había encontrado trabajo y comprendido lo difícil que es ganarse la vida. Nos pidió perdón y nos abrazó.
Sonreímos al verla cambiar. Ahora ahorra para su boda y la ayudamos con gusto, no por obligación, sino porque aprendió a ser responsable, agradecida e independiente.

