A las 3 de la madrugada me desperté de golpe al escuchar cómo se abría la puerta del dormitorio de mi hija. El corazón me empezó a latir con fuerza mientras me incorporaba en la cama, tratando de entender qué estaba pasando. La casa estaba en completo silencio, apenas iluminada por la tenue luz del pasillo. Llamé en voz baja su nombre, pero no hubo respuesta inmediata.
Me levanté con cuidado y caminé hacia su habitación. Allí la vi de pie, en el marco de la puerta, con los ojos muy abiertos y el cuerpo temblando. Me susurró que había escuchado ruidos extraños y no podía volver a dormir. Lo que pensé que sería una simple pesadilla se convirtió en un momento de calma y cercanía.
La tomé de la mano, la llevé de regreso a su cama y me quedé a su lado hasta que su respiración volvió a ser tranquila. A la mañana siguiente, con la luz del día, me confesó que solo necesitaba sentirse acompañada.
En ese instante comprendí que, a veces, los niños no se despiertan por miedo, sino porque buscan seguridad, consuelo y amor.

