Durante veinticinco años, Doris expresó su amor a través de la cocina: su hogar latía al ritmo de los guisos y panes que guardaban generaciones de tradición. Aunque sus hijos se fueron, siguió cocinando; cada plato era una muestra de afecto y propósito. Su esposo, Alan, trabajaba hasta tarde, pero siempre tenía una cena caliente esperándolo.
Con el tiempo, algo cambió. Las sobras desaparecían, las comidas se esfumaban. Una noche lluviosa, Doris llegó temprano y descubrió a su cuñada Marian empacando sus platillos. Marian dijo que Alan lo había permitido: “solo es comida”. Esas palabras la hirieron, porque para Doris cocinar era amor, no rutina.
Cuando Alan ignoró su dolor, comprendió que no se trataba de comida, sino de sentirse invisible. Tras noches en vela, decidió marcharse con su hija. Ahora, en su luminoso apartamento, cocina por placer, no por obligación —su nevera guarda alimento, libertad y dignidad.

