Durante años, el crecimiento anormal en mi nariz no fue solo un cambio físico: se volvió una fuente constante de inseguridad y malestar. Primero, era apenas visible, pero poco a poco se fue haciendo más prominente, afectando no solo mi apariencia sino también mi respiración y confianza personal. Cada mañana me miraba al espejo y sentía que mi rostro había cambiado sin que yo lo pidiera.
Con el tiempo, ese crecimiento comenzó a interferir con mi rutina diaria. Me costaba respirar con facilidad, las conversaciones largas me agotaban y evitaba fotos o encuentros sociales por miedo a ser juzgada. Consulté con varios médicos, quienes me explicaron que se trataba de un crecimiento benigno, pero que podía continuar afectando mi calidad de vida.
Finalmente, después de años de dudas y expectativas, decidí someterme a una cirugía reconstructiva. La intervención no solo cambió la forma de mi nariz, sino también mi perspectiva sobre mi propio cuerpo. Recuperé no solo la función respiratoria, sino también la confianza y tranquilidad que había perdido. Fue un recordatorio de que, a veces, buscar ayuda médica puede transformar mucho más que la apariencia externa; puede devolver bienestar y paz interior.


