Mientras pasaba una tarde soleada en la playa, noté a una mujer de 70 años que llevaba un traje de baño muy revelador y que de inmediato llamó mi atención. Se movía con seguridad y una sonrisa relajada, disfrutando del día como cualquiera a su alrededor. Al observarla, sentí una mezcla de curiosidad y admiración: allí estaba alguien completamente cómoda consigo misma, desafiando las expectativas silenciosas que muchas personas imponen sobre el cuerpo y la edad.
Tras dudar un momento, decidí entablar una conversación amable, pensando que quizá alegraría su día. Le comenté sobre su confianza y le pregunté cómo se sentía usando un traje de baño tan atrevido. En lugar de mostrarse incómoda, se rió y respondió que le encantaba sentirse libre y cómoda, y que la edad no debería ser un obstáculo para disfrutar de la playa ni para expresar el estilo personal.
Su respuesta me hizo reflexionar sobre los prejuicios que solemos tener basados en la apariencia o la edad. En lugar de juzgar, me fui de ese encuentro con una mayor valoración de la autoaceptación y del valor que implica ser uno mismo en público.

