Todos tenemos pequeños poros en la piel que trabajan sin descanso, liberando aceite y sudor para mantener el equilibrio. Pero a veces esos poros comienzan a comportarse mal. Atrapan cosas que no deberían, se inflaman, se irritan, y de repente la piel empieza a reaccionar de maneras que no se pueden ignorar.
Lo que empeora la situación es que la mayoría de las personas no se da cuenta de lo fácil que es que los poros se obstruyan. No es solo suciedad, ni maquillaje, ni hormonas. Es la acumulación lenta de hábitos diarios que parecen inofensivos pero que, sin notarlo, vuelven la piel en tu contra. Es un tipo de acumulación que solo percibes cuando ya es demasiado tarde.
Algunas zonas del cuerpo son más sensibles: más cálidas, húmedas o con mayor roce. Ahí los poros sufren más, atrapando aceite y bacterias bajo la superficie. La piel envía señales: enrojecimiento, bultos, inflamación. Lo sorprendente es lo común que es esto. Muchas rutinas de cuidado empeoran el problema: frotar demasiado, usar productos inadecuados, lavar en exceso o muy poco.
La clave no es agresiva ni cara, sino eliminar los hábitos que ahogan los poros y aprender a dejarlos respirar de nuevo.

