Hang Mioku, una cantante surcoreana, había sido admirada en su día por su belleza y talento; pero su obsesión con la estética derivó en algo trágico. Al principio, se sometió a inyecciones profesionales de silicona. Cuando su rostro empezó a hincharse de forma anormal, los médicos se negaron a seguir. Entonces, ella misma comenzó a inyectarse con aceite vegetal en lugar de silicona, lo que empeoró su condición de forma alarmante.
Aunque en Japón encontró doctores dispuestos a seguir operándola, al volver a Corea del Sur sus padres la vieron con un rostro hinchado hasta lo grotesco, con tono azulado, aunque ella seguía creyendo que estaba hermosa. Solo cuando el daño era irreparable y su rostro irreconocible reconoció que padecía un trastorno mental y escuchaba voces que la incitaban a seguir.
Ingresó a una clínica, afrontó más de diez operaciones para retirar silicona y aceite; aún sobreviviente, sufrió daños faciales graves, imposibles de reparar totalmente. A sus 58 años, sigue contando su historia como advertencia sobre los peligros de la búsqueda extrema de belleza.

