La habitación se sentía más pequeña de lo normal, las paredes como si se inclinaran, oprimiéndome. Cada respiración pesaba, cargada de tensión que no lograba identificar. Mi pecho se apretaba; mi corazón golpeaba frenético, un eco en mis oídos de algo que anticipaba lo peor. Algo andaba mal.
El oficial avanzó con cautela hacia la cama. Le alzó la mano, autoritaria pero protectora: me pidió que me quedara atrás. Mis pies se tambalearon, me apoyé contra la pared buscando refugio en lo tangible. “No es quien crees”, dijo él, palabras punzantes y suaves al mismo tiempo. Miré hacia el cuerpo sobre la cama: el contorno le resultaba familiar, pero los rasgos estaban difuminados por la sombra y la incredulidad. El cabello, la bata, la postura: todo sugería normalidad, pero su silencio gritaba lo contrario.
La tormenta rugía afuera, lluvia golpeando las ventanas, amplificando la extrañeza. Me informaron que mi esposa había sufrido un accidente… ¿Y ese cuerpo? ¿Dónde estaba ella realmente?
Los oficiales confirmaron poco después que no era mi esposa. Un error trágico. El alivio fue extraño, la confusión profunda. Y mientras la lluvia seguía, entendí que la percepción se puede fracturar en un instante, dejando cicatrices que solo el tiempo sana.

