Viktor creyó que aquella cena marcaría el inicio de su nueva vida. Con una copa en la mano y la seguridad de quien se siente poderoso, anunció frente a su madre, su hermana y otros familiares que dejaba a su esposa por “una mujer joven y hermosa”. Quiso humillarla, reducirla a nada, convencido de que tenía el control absoluto.
Su esposa permaneció de pie, serena, escuchando cada palabra sin interrumpir. Viktor habló de sacrificios, de dinero, de autoridad, y finalmente declaró que pediría el divorcio. Incluso fingió generosidad al decirle que podía quedarse con el apartamento.
Entonces ella se acercó a la mesa, bebió un sorbo de champán y habló con calma. Le recordó que el apartamento estaba a su nombre. El coche también. Y la empresa, registrada legalmente a su nombre para evitar problemas fiscales. Todo le pertenecía a ella.
El silencio fue devastador. La madre palideció. La hermana dejó caer el teléfono.
La mujer abrió la puerta y fue clara: todos debían salir de su casa. De inmediato. Viktor entendió demasiado tarde que lo había perdido todo.

