Mi nuera pasaba más de una hora en la ducha cada noche… hasta que una noche todo dio un giro extraño. Preocupada, llamé a la policía. La operadora me tranquilizó diciendo que los oficiales venían en camino y me aconsejó no confrontar a nadie. Me quedé en la sala, con el corazón acelerado, imaginando lo peor.
Poco después sonó el timbre. Dejé entrar a los oficiales y les expliqué la situación. Se acercaron al baño y tocaron la puerta: “¡Policía! ¿Hay alguien ahí?” Solo se oía el agua goteando. Golpearon de nuevo, más fuerte: “Abra la puerta, por favor”.
Tras unos segundos tensos, la cerradura se abrió—Daniela salió envuelta en una toalla, con los ojos muy abiertos. El baño estaba vacío. Cuando le preguntaron qué ocurría, yo balbuceé sobre una voz masculina y un olor extraño.
Con un suspiro, Daniela admitió: “Es mi hermano Marco… está pasando un mal momento. Lo dejé usar el baño y le hablé por la puerta para que no se sintiera solo”.
Los oficiales comprendieron que todo había sido un malentendido. Aliviada y avergonzada, me disculpé. Daniela asintió con amabilidad: la familia debe cuidarse. Aquella confusión se convirtió en una lección de confianza, comunicación y compasión.

