Durante meses sentí que mi esposo ocultaba algo. Llegaba tarde, distante, como si viviera en otro mundo. Una noche, mientras dormía, noté un tatuaje extraño en su espalda: un código de barras en la base del cuello. Mi corazón se aceleró. ¿Por qué lo tenía y por qué no me lo había dicho? Con miedo y curiosidad, lo escaneé con mi teléfono. En la pantalla apareció una página oculta con las palabras: “Propiedad del clan”.
A la mañana siguiente lo confronté. Su rostro reflejaba miedo y finalmente confesó. Después de saber que yo estaba embarazada, se había desesperado por el dinero. Un viejo conocido le ofreció “trabajos rápidos”, pequeños encargos que terminaron siendo actividades criminales. Cuando quiso salirse, le dieron una opción: unirse o desaparecer.
El tatuaje no era un adorno, era una marca. “Lo hice por nosotros”, me dijo con lágrimas en los ojos. Pero entendí que su marca… también era mía.

