Durante un vuelo, noté que una mujer ponía repetidamente los pies en el asiento de mi esposo, y quise solucionarlo sin causar un escándalo. Pasé horas pensando en formas sutiles de hacerle reconsiderar su comportamiento. Las notas pasivo-agresivas me parecían demasiado obvias y involucrar a otros pasajeros parecía intrusivo. Entonces recordé la pequeña botella de aceite esencial de lavanda que tenía en mi bolso.
Decidí usarla estratégicamente. Cuando las luces de la cabina se atenuaron, abrí discretamente la botella y dejé que el aroma fuerte llegara cerca de sus pies. El olor era potente y ella frunció la nariz, moviéndose incómoda. Fingí leer mientras repetía el proceso cada vez que volvía a poner los pies en nuestro asiento.
Después de un par de intentos, finalmente los colocó en el suelo. Sentí un triunfo silencioso: no solo defendí a mi esposo y a mí misma, sino que lo hice de manera ingeniosa y sin confrontación. El resto del vuelo transcurrió en paz, y comprendí que la creatividad puede ser una herramienta poderosa para manejar la falta de educación cotidiana.

