No pensábamos que Walter lograría pasar la noche. Estaba gravemente enfermo, con fiebre alta y respiración agitada, entrando y saliendo de la conciencia. Sin embargo, en medio de su debilidad, repetía un solo nombre: “Murphy… Murphy…”
Al principio, la familia creyó que llamaba a un hijo o a un viejo amigo. Pero cuando logró murmurar unas palabras, aclaró: “Mi chico… mi buen chico.” Murphy no era una persona, sino su Golden Retriever. El perro, de trece años, estaba con el hermano de Walter mientras él permanecía hospitalizado. Cuando lo llevaron a la habitación, Murphy apoyó su cabeza sobre el pecho de su dueño.
Walter abrió los ojos y susurró: “Murphy… ¿la encontraste?” Se refería a Lizzie, una adolescente que años atrás había desaparecido en la nieve. Murphy la había encontrado en una zanja, débil pero con vida.
Años después, Lizzie —ya adulta— visitó a Walter antes de su muerte, agradeciéndole: “Murphy me encontró dos veces.” El perro fue enterrado junto a su dueño, con una lápida que decía: “Murphy — Ángel guardián. Siempre un buen chico.”
Una historia que nos recuerda cómo un corazón leal puede salvar vidas.

