Las mariquitas no suelen ser amarillas, pero a veces aparece una, brillante e imposible de ignorar. Ese color inusual puede sentirse simbólico, como si la naturaleza enviara un mensaje personal. En distintas tradiciones, una mariquita amarilla se asocia con alegría, renovación, optimismo o claridad emocional. Al romper con el clásico rojo con puntos negros, llama la atención y puede convertir un instante común en algo especial.
Desde el punto de vista científico, la explicación es más sencilla. Las mariquitas amarillas forman parte natural de la familia Coccinellidae, y su color se debe a variaciones genéticas y diferencias entre especies. Ese tono también puede funcionar como coloración aposemática, una señal de advertencia para posibles depredadores. A pesar de ciertos mitos, no representan peligro para las personas: no pican, rara vez muerden y no transmiten enfermedades.
En el jardín, muchas especies amarillas son beneficiosas. Algunas se alimentan de pulgones y otras consumen hongos como el mildiu polvoriento, ayudando a mantener las plantas sanas sin necesidad de químicos. Más que un presagio, su presencia es un recordatorio de la complejidad de la biodiversidad. Observarla con curiosidad puede reconectarnos con la riqueza discreta del mundo natural.

