Tatiana cruzó la morgue al amanecer, cuando la luz plateada anunciaba un día inusual. Su turno apenas comenzaba, pero pronto apareció un cortejo nupcial frente al edificio: limusinas, flores y cintas, la felicidad invadiendo el reino de los muertos. Sus compañeros miraban atónitos; ella se mantuvo apartada, consciente de su pasado: seis años en prisión por matar a su esposo abusivo en defensa propia.
El trabajo era duro, pero los consejos del patólogo Piotr Efremóvich la ayudaron a ver a los muertos como quienes ya habían hallado paz. Ese día, una novia apareció aparentemente muerta. Al tocar su mano, Tatiana descubrió que el cuerpo estaba tibio; el corazón latía débilmente. Gracias a su rápida reacción, lograron salvarla, revelando que el veneno era un somnífero potente.
Tatiana experimentó un renacimiento junto a Valera, un camillero que entendía el dolor y la supervivencia. Juntos comenzaron a reconstruir su vida, aprendiendo que después de la muerte puede surgir esperanza, y que vivir es un milagro que merece celebrarse.

