Un pescador descubrió un antiguo ataúd de metal que había sido arrastrado a la orilla temprano en la mañana, cuyo contenido desafiaba toda lógica y el paso del tiempo.
En su interior yacía una armadura perfectamente conservada, incrustada con joyas que brillaban incluso con la luz tenue. El diseño intrincado sugería una época muy lejana, pero la armadura parecía intacta ante la corrosión del mar. Desde el casco hasta las grebas, el conjunto estaba completo, con una espada reposando sobre el pecho, cuyo pomo estaba adornado con símbolos desconocidos.
A pesar del exterior desgastado del ataúd, el interior permanecía impecable, como si el mar hubiera conspirado para proteger este relicario.
El pescador, abrumado por la admiración y el respeto, cerró cuidadosamente el ataúd y decidió contactar a un historiador local para descubrir los orígenes de este hallazgo misterioso.
Al amanecer, mientras el sol teñía el agua de tonos dorados, comprendió que su descubrimiento no era solo un tesoro, sino un vínculo con un pasado olvidado, esperando ser revelado.

