Un potente terremoto de magnitud 7,7 sacudió el sudeste asiático, causando una destrucción generalizada y sembrando el pánico en toda la región. El sismo ocurrió sin previo aviso, dañando viviendas, carreteras e infraestructura crítica en varias zonas. Barrios enteros quedaron reducidos a escombros tras el colapso de edificios, obligando a miles de personas a huir desesperadas en busca de seguridad.
Los servicios de emergencia se movilizaron rápidamente, aunque las labores de rescate se vieron dificultadas por carreteras dañadas y fallas en las comunicaciones. Los hospitales reportaron la llegada de numerosos heridos, mientras muchas familias quedaron sin electricidad, agua potable ni refugio. Se habilitaron centros de evacuación temporales mientras las autoridades evaluaban la magnitud total del desastre.
El terremoto se sintió en varios países vecinos, sacudiendo grandes ciudades y alarmando a millones de personas. Las autoridades advirtieron sobre posibles réplicas y pidieron a la población extremar precauciones. A medida que continúan las operaciones de búsqueda y rescate, la atención se centra ahora en la ayuda humanitaria, la reconstrucción y la recuperación a largo plazo.

