Esa mañana, el hospital de la prisión estaba inquietantemente silencioso: no había gritos, ni portazos metálicos. La partera, una mujer experimentada y acostumbrada a la tragedia, sintió un extraño presentimiento.
“¿Quién está en la lista?”, preguntó la enfermera.
“La interna 1462,” respondió. “Trasladada el mes pasado. Sin familia, sin registros. Apenas habla.”
Dentro de la celda oscura, la mujer pálida yacía inmóvil, con las manos sobre su vientre hinchado. La partera se acercó con suavidad.
“Voy a ayudarte a traer a tu bebé al mundo,” dijo, inclinándose para examinarla… y entonces se quedó helada.
“No hay… latido,” susurró, con el rostro pálido. “¡Llamen a un sacerdote!”
Pero justo cuando la desesperación la invadía, un sonido débil rompió el silencio: primero suave, luego constante. Un latido. El niño estaba vivo.
El parto fue rápido y brutal. La mujer gritaba, los guardias la sujetaban, y la partera luchaba por ambas vidas. Pasaron horas hasta que un llanto frágil llenó el aire.
Un bebé diminuto, azul pero respirando.
La partera murmuró: “Gracias, Señor.”
La interna abrió los ojos… y sonrió por primera vez.

