El niño yacía pálido y débil en su cama de hospital, luchando por respirar mientras los médicos se apresuraban a prepararlo. Justo antes de que lo sacaran, susurró:
— ¿Puedo despedirme de mi perro?
Aceptaron, y el perro fue llevado a la habitación. Corrió hacia él, le lamió las manos, se acurrucó a su lado, con los ojos llenos de profunda comprensión. Pero cuando las enfermeras entraron, se colocó frente al niño, gruñendo de manera protectora.
Entonces, gritos resonaron en el pasillo. La puerta se abrió y apareció un hombre agotado, cubierto de polvo, con un abrigo embarrado y una mochila desgastada en la mano.
Era el padre del niño. Había viajado sin descanso al enterarse de la noticia, dejando todo para llegar a tiempo. El perro sabía que él venía.

