Durante el funeral, un caballo apareció desde el bosque y corrió directamente hacia el ataúd: los presentes quedaron impactados al descubrir el motivo de su acto. En una aldea tranquila junto a un antiguo bosque, se celebraba un funeral. Un ataúd pulido reposaba junto a una tumba recién cavada, rodeado de aldeanos en duelo. El aire estaba cargado de tristeza, con el aroma de la tierra húmeda mezclándose con oraciones susurradas.
De pronto, el sonido de cascos rompió el silencio. Desde el bosque emergió un caballo castaño con una mancha blanca en la frente, galopando hacia el ataúd. El pánico se apoderó de la multitud—algunos gritaron, otros huyeron. Pero el caballo no embistió; se detuvo a pocos pasos de la tumba, quieto y solemne.
Los intentos por espantarlo fueron inútiles. El caballo permaneció inmóvil, con la mirada fija en el ataúd. Al concluir las oraciones, bajó la cabeza y soltó un relincho lastimero. Luego, con una ternura conmovedora, golpeó dos veces el ataúd con su pezuña.
Una anciana susurró: “Es su caballo…” Los aldeanos recordaron: el hombre en el ataúd lo había criado desde potrillo. Eran inseparables.

La ceremonia terminó, pero el caballo permaneció allí, en silencio. Al ponerse el sol, su silueta se proyectaba sobre la tumba—un símbolo de amor y lealtad que ni la muerte pudo romper.

