Durante una década, Kathleen Turner fue el arquetipo de la mujer fuerte, sensual e inteligente en Hollywood. Sin embargo, a comienzos de los años 90, cuando su carrera parecía inquebrantable, su cuerpo empezó a traicionarla. El diagnóstico fue devastador: artritis reumatoide, una enfermedad autoinmune dolorosa y progresiva que afectó su movilidad, su voz y su energía.
En lugar de recibir empatía, fue blanco de rumores y juicios crueles. Los medios especulaban, los productores dejaban de llamarla y pocos sabían que enfrentaba más de cien citas médicas al año, terapias físicas, medicamentos fuertes y días en que levantarse ya era una victoria.
Turner no se rindió. Se reinventó en el teatro, donde lo que importaba era la verdad del personaje. En 2005, su interpretación de Martha en ¿Quién le teme a Virginia Woolf? fue una reivindicación: voz más ronca, cuerpo distinto, pero un talento intacto.
“Actuar me salvó la vida”, confesó.
Con honestidad habló de su enfermedad, del machismo y del derecho a envejecer con dignidad, plasmándolo en sus memorias Send Yourself Roses.

